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La historia del narco que fue socio del prostíbulo El Castillo. Hace diez días, Sari empacó una pequeña maleta, apenas con lo necesario. Sus mejores prendas, sus cosméticos, dos teléfonos celulares. Sabe que si la policía sospecha de sus movimientos, su voz es la carta para seducirlos y que se fijen en la vida de otro de los viajeros del bus. El impresionante éxodo de venezolanos a Colombia.

Llegaron a la zona de tolerancia del barrio Santa Fe, una cuadra debajo de la Avenida Caracas, entre calles 20 y Ambas comparten una modesta habitación donde las horas se pasan despacio, hasta que llegan las 5: En las calles del sector de tolerancia, varios mozos con chalecos estilo billarista, interceptan a decenas de hombres que van husmeando las puertas para elegir el lugar, y les ofrecen paisas, caleñas y venezolanas como principales atractivos.

Lo suyo no es el tubo, el pole dance, o quitarse la ropa de forma seductora delante de la mesa que ha pedido una botella de ron, aguardiente o whisky, que da derecho a tener de cerca a alguna de las mujeres del club. Las calles afuera de los clubes son un hervidero de hombres. No se puede casi andar. Tiene la frente ensangrentada y el semblante de quien se ha bebido una botella entera. Parece que no importa. La gente sigue de largo. El acento venezolano es un plus en el ambiente de la noche. Sandra, una colombiana esbelta y menos voluptuosa que sus compañeras de La Piscina, intenta hacerse pasar por caraqueña.

Pero su inocultable deje de bogotana y el desconocimiento sobre el país vecino la delatan ante la primera pregunta. Migración Colombia cuenta apenas con el registro de los extranjeros que, por no reunir los requisitos legales de estancia en el país, devuelve a la frontera. Pero hay miles trabajando sin permiso y de ellos no se tiene noticia. Desde hace tres años la cifra de venezolanos que entran sellando el pasaporte en los puestos de control ha subido sin parar.

Como es bien sabido, Venezuela pasa por una turbulencia social de la que no se recupera hace por lo menos diez años. De hecho, la mayoría de personas entran para abastecerse de los alimentos que, al otro lado de la frontera, son un tesoro perdido.

Se saltan los papeles y, si la suerte no los acompaña, Migración Colombia los deporta después de operativos y verificaciones. Entonces vienen las preguntas. No es la primera vez que Christian Krüger, director de Migración Colombia, responde este interrogante. Con sus manos ajusta su traje y pausadamente responde que no conoce el primer caso, que cuando entran por los puestos de control vienen como turistas, y cuando no lo hacen así pues ingresan por las trochas y ellos no se enteran.

Con el tema de la prostitución Krüger es cuidadoso, reitera que las mujeres son deportadas no por estar ejerciendo ese oficio, sino por estar de manera irregular en Colombia. El 29 de agosto la Policía irrumpió en el establecimiento, en medio de la fiesta.

Adentro estaban 39 venezolanas y una peruana, todas indocumentadas. Duermen en la misma habitación donde reciben a los clientes. Tiene que pagar a los dueños del bar y enviar dinero a casa. Hoy se las puede encontrar en la mayor parte del Caribe.

Pero la mayoría nunca ve las playas. El hecho de que se esté aprovechando de la desesperación de estas mujeres no le molesta. Lo ve como un beneficio mutuo.

Pidieron que no se revelaran sus nombres reales y ciudades de origen por miedo a las represalias, y porque no quieren que sus hijos sepan de qué viven. Esto no es lo que quiero hacer. Juana, de 31 años, trabajaba para el gobierno. Pero cuando comenzó a criticar las políticas oficiales, perdió su empleo.

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Las semanas se convierten en meses. La mayoría de las mujeres solo habla español, por lo que nunca llegan a conocer a nadie en la isla, de habla inglesa. Y muchos de los isleños, especialmente las mujeres, no las quieren. Un cliente, barman en un hotel de la isla, tiene una opinión diferente. Visita a una de vez en cuando. Belinda Soncini es fotoperiodista y documentalista independiente con sede en Boston. Pasó dos años documentando a las mujeres presentadas en esta historia.

Juana en la habitación donde vive y también atiende a los clientes Belinda Soncini Especial para el Nuevo Herald.

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Liliana y su esposo, dueños del bar donde trabaja Carla, son parte de una red que recluta a mujeres en Venezuela y las traslada a las islas para ejercer la prostitución. Y muchos de los isleños, especialmente las mujeres, no las quieren. EEUU "preocupado" por tensiones con Venezuela tras "farsa" de elecciones. Las 12 mujeres que trabajan para él son venezolanas. Jim Wyss Miami Herald.

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Llegó a Saravena antes que Paola y recorrió otras zonas fronterizas antes de decidir que este pueblo le resultaba mejor: No tiene hijos como Paola, pero le envía dinero a su madre. María llegó aquí sin mucha claridad sobre lo que tendría que hacer. Me dolió mucho porque nunca había hecho eso". Que uno tenga que venir a acostarse con personas mayores, a veces vienen borrachos".

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Marili, una ex maestra de 47 años, dijo que hace tiempo que le daba vergüenza admitir que era prostituta, pero ahora da gracias por tener un empleo que le permita comprar las medicinas para la hipertensión que necesita su madre en Caracas. Dayana y Gabriel Sanchez se dejan fotografiar en penumbras en la parte trasera del burdel Show Malilo, en Arauca, en la frontera de Venezuela y Colombia.

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Liliana y su esposo, dueños del bar donde trabaja Carla, son parte de una red que recluta a mujeres en Venezuela y las traslada a las islas para ejercer la prostitución. Duermen en la misma habitación donde reciben a los clientes.

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Esto no es lo que quiero hacer. Juana, de 31 años, trabajaba para el gobierno. Pero cuando comenzó a criticar las políticas oficiales, perdió su empleo.

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